3 septembre 2008

Réponse de Francis Wolff à Antonio Muñoz Molina :

" El arte de jugarse la vida "

Le 14 juin dernier, Antonio Muñoz Molina signait.dans le quotidien espagnol "El Pais" une chronique anti-taurine intitulée "Arte de matar" que ceux qui lisent l'espagnol trouveront ici.

Pour les autres, nous en donnons le petit résumé suivant :

L'art de tuer

Mon père, bon aficionado de modeste origine rurale, souhaitait me transmettre sa passion taurine. Il m'amena voir une première corrida vers l'âge de 6 ou 7 ans, je n'y ai éprouvé qu'indéfectibles sentiments d'ennui et de dégoût.
La jeune génération plus prospère, plus urbanisé, plus instruite, plus sensible, ne pouvait partager les goûts brutaux que ses pères des années cinquante et soixante, misérables paysans, manifestaient pour la campagne, les animaux, les marchés aux légumes, le flamenco radiophoniques, les toros, Manolete... Le tout étroitement encadré par l'Espagne rétrograde et cléricale des vainqueurs...
Nos jeunes générations ont appris à tenir compte de la souffrance animale.
Les pasodobles, les monteras, les habits de lumière, la grossière symbolique du sang, l'arène, l'encornure développée, l'épée, c'est l'Espagne noire. Celle des lieux communs d'un tourisme de bas étages, celle d'intellectuels étrangers qui font semblant d'apprécier notre exotisme et, dans le même temps, nous méprisent parce que nous sommes incapables d'entrer dans le monde moderne.
Et voilà que contrairement à ce que nous espérions, cette honteuse noirceur, ces pires résidus du passé se perpétuent convertis en "modernité", élevés à la catégorie de culture autochtone, et même d'art d'avant garde.
Quelle noblesse dans la torture d'un animal achevé par un succession d'infames estocades ?
Et dire que le seul artiste espagnol actuel digne de l'attention du "New York Times" est José Tomás !
Et quelle littérature de pacotille pour glorifier des toreros dont le seul mérite est d'avoir choisi cette profession pour ne pas mourir de faim !
La corrida, cette hideuse antiquité, ne survit que grâce à des subventions.

Ainsi, Antonio Muñoz Molina reprend, avec beaucoup moins de talent, certains des arguments de la "génération de 1898" fustigeant une Espagne rétrograde et décadente qui venait alors de perdre, avec sa flotte anéantie par les Américains, ses dernières colonies. Les Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Azorín, Ramón del Valle Inclán, Pío Baroja, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez... considéraient que pour faire entrer l'Espagne dans la modernité et la rendre mondialement crédible, il fallait la débarrasser de vieilleries comme le flamenco, les corridas de toros et le cléricalisme.
En ralité, la plupart de ces intellectuels, penseurs, écrivains, poètes, modifièrent leur point de vue sur la corrida et se prirent à la considérer comme un art majeur quand ils découvrirent la beauté plastique que Juan Belmonte exposait dans l'arène.
La "génération de 1927", celle de Lorca et d'Ignacio Sánchez Mejías, matador de toros et littérateur, s'enthousiasma pour la corrida et réhabilita le flamenco.

Aujourd'hui Francis Wolff répond à Antonio Muñoz Molina de manière particulièrement pertinente et brillante, la corrida n'est plus une affaire strictement ibérico-ibérique :



ABC, 28-08-08

El arte de jugarse la vida

Se escucha de vez en cuando a escritores, universitarios y pensadores españoles evocar su infancia vagamente acunada de recuerdos taurinos y expresar su rechazo, a veces violento, de la fiesta de los toros. No comprenden cómo puede hoy (aún y siempre) emocionar, conmover, exaltar las muchedumbres, en las que seguro no ve nada más que una masa de reaccionarios incultos alentada por intelectuales esnobs. En esta revuelta antitaurina, a veces íntima, a veces sonoramente militante, se encuentran a menudo, en amalgama con la memoria de sus propias historias familiares, algunos tópicos datados en los sesenta (toros = turismo, exotismo de españolada, tremendismo del torero descamisado) o más antiguos aún (toros = España negra, vergonzante cara del pasado). Sí, ya sé: sé que para muchos españoles los toros despiertan espontáneamente ese mismo sentimiento confuso, un poco nostálgico, vagamente vergonzoso, de tener que vérselas con algo que sobrevive de manera inconveniente pero a punto de caducar definitivamente gracias a la ascensión social, la educación del pueblo, la evolución de las costumbres, el sano desarrollo de las sensibilidades, Europa, la democracia, etc. Sí, ya sé: sé que para muchos jóvenes españoles la palabra «tauromaquia» evoca carteles de otra época, un rito anticuado, una especie de juego arcaico o incluso un espectáculo cruel del que deben defenderse cuando, gracias a un programa Erasmus, se dan cuenta que, para el resto del mundo, se mantiene asociado al nombre de España, es decir, a una de las naciones más avanzadas de Europa de la que por lo demás uno puede sentirse orgulloso. A todos esos españoles, jóvenes o menos jóvenes, les quiero decir lo que sigue: los toros no son ya sólo la Fiesta Nacional de España. Con eso han perdido un poco y ganado mucho. Se han convertido en parte integrante de la cultura de la Europa meridional e incluso del patrimonio mundial.¿Se imaginan ustedes que hace apenas algunas semana (el 2 de junio exactamente), en un teatro del centro de París atestado, cientos de personas de las que la mayoría no habían puesto nunca sus pies en España, e ignoraban absolutamente todo de la «fama negra» de los toros, habían pagado cara su entrada por el único placer de homenajear la heroica carrera de un torero... colombiano (César Rincón)? Claro que para todos esos turistas que visitan España a toque de pito, entre la torre de Pisa y el Big Ben, y que creen que Francia es Pigalle, los toros son el «exotismo» español barato, y el torero es algo así como «Manolete-ElCordobés-del brazo de su bailaora con castañuelas», o (para los más cultivados ¡ay!) es la imagen odiosa y desgastada del maletilla hambriento que, para salir de su miserable condición, no tiene otro remedio que tentar al diablo y arrojarse entre sus cuernos. Ignoran evidentemente, como quizás muchos españoles, que uno de los más grandes toreros de la historia está vivo y toreando y en modo alguno debe su valor extraordinario a esa deprimente leyenda, o que uno de los mejores toreros de la primera década del siglo XXI es francés, o que fue prácticamente imposible conseguir entradas (siendo tan caras como las de la ópera) para las diez corridas que conformaron la reciente feria de Nîmes (95.980 espectadores).Un poco de pudor y muchos escrúpulos me impiden evocar mi infancia que está en las antípodas de las de los intelectuales españoles antitaurinos. Bastará decir que esa infancia en el cinturón de París, con mis padres judíos alemanes que escaparon por milagro de los campos de la muerte, en modo alguno me preparaba para recibir el choque que fue el descubrimiento accidental de los toros, a la edad de 18 años, al azar de una escapada estudiantil en la región de Provence. Para muchos españoles de mi generación, los toros son familiares, formaron parte de la vida cotidiana de su infancia, se los vivía con indiferencia, aceptación o rechazo de una «cultura» vagamente patrimonial que es como una segunda naturaleza de la que hay a veces que desprenderse para poder existir por sí mismo. Para mí la corrida de toros es una amiga que he elegido tan próxima como la música y sin la cual podría difícilmente vivir. Digo que la he elegido pero tengo más bien la impresión que ella me ha elegido a mí; el encuentro fue fortuito pero, como dice Flaubert de la primera cita amorosa: «Fue como una revelación». No, los toros ya no son sólo la Fiesta Nacional. Han perdido un poco de sus particularidades (algunas fiestas votivas, capeas salvajes, un público cautivo, un pueblo entero movilizado tras un torero muerto), han ganado mucho en universalidad -geográfica y sobre todo cultural-. Ahora, en el presente, los que torean y los que van a los toros lo han elegido, y si no saben del todo, ni unos ni otros, lo que van a buscar «allí» (¿sabemos bien lo que es el amor?), saben que hoy se va a la plaza en lugar de ir al estadio, al concierto o al teatro.Sin duda, la corrida de toros no es moderna, pero no porque no sea de nuestro tiempo, es -al contrario- porque nuestro tiempo no está ya en la «modernidad». La modernidad en el sentido estricto se acabó hacia el final de los años ochenta del siglo pasado, con el derrumbamiento de las ideologías, el fin del sueño en el progreso y el agotamiento de los discursos dogmáticos de las vanguardias artísticas (formalmente revolucionarias, políticamente redentoras). Lo que algunos han dado en llamar la «posmodernidad» o lo contemporáneo se opone punto por punto a la modernidad. Puede ser que la corrida de toros no sea ni haya sido nunca «moderna», pero es seguro que se acuerda perfectamente a lo «contemporáneo». Lo moderno está ligado al progreso, a la «velocidad», a la industrialización sistemática (comprendida la de la ganadería de carne); lo contemporáneo y la corrida están ligados a la biodiversidad, a la ganadería extensiva de bravo, a los equilibrios de los ecosistemas. La modernidad sólo veía la salvación a través de la comunidad y la sociedad, en el «todo es política», lo contemporáneo y la corrida renuevan con los valores del héroe solitario (pensemos en el culto contemporáneo hacia los éxitos singulares y aventureros de cualquier tipo), con una ética de las virtudes individuales, el valor, la lealtad, el don de sí mismo. La modernidad quería esconder la muerte (simple «no vida» igual que se dice invidencia en vez de ceguera), reducirla al silencio del frío vacío de las salas mortuorias o a la mecánica funcional de los mataderos; lo contemporáneo y la corrida de toros reconocen que la ceremonia de la muerte puede contribuir a dar sentido a la vida mostrándola conquistada a cada instante sobre la posibilidad misma de su negación. Era -se decía- el fin de los ritos en los que lo único que se veía eran prejuicios arbitrarios e irracionales, pero lo contemporáneo y la corrida de toros redescubren las virtudes de los ritos, no necesariamente vinculados a capillas y estampitas. Lo moderno declaraba el final de la figuración en pintura, del relato en literatura, del drama en el cine; lo contemporáneo inventa una nueva figuración, el cine de Almodóvar, genio de la posmodernidad, reinventa la linealidad del relato y las estructuras complejas del melodrama, como la corrida de toros que mezcla lo festivo y lo trágico, los colores chillones y la emoción más pura. El arte moderno glorificaba la vanguardia social y declaraba el final de la «representación», el posmoderno mezcla lo popular y lo erudito -como la corrida de toros, la más sabia de las artes populares- mezcla la transfiguración de lo real y su presentación en bruto (el happening, el body-art, el ready-made, la instalación, la intervención, el artista mismo) como la corrida de toros, alianza de representación clásica de la belleza y de presentación en bruto del cuerpo, de la herida, de la muerte, como el torero, artista contemporáneo, que hace de su gesto una obra estilizando su existencia. La posmodernidad, lejos de oponer el hombre al animal como en los tiempos modernos, presiente que no hay humanidad sin una parte de animalidad, sin un otro al que -a quien- medirse, como si el hombre -hoy más aún que ayer- sólo pudiera probar su humanidad a condición de saber vencer, en él y fuera de él, la animalidad en su forma más alta, más bella, más poderosa, por ejemplo la del toro salvaje: vencerla, es decir, repelerla o domarla, pero sobre todo oponer la fuerza de la astucia, la gratuidad del juego, la ligereza de la diversión, la gravedad de la entrega de sí mismo, la fuerza de la voluntad, el poder del arte, la conciencia de la muerte -en definitiva todo lo que hace la humanidad del hombre-.Quizá se podrá afirmar: ¿pero el espectáculo del sufrimiento animal, dada la evolución de las costumbres, no es ya tolerable, hoy menos que ayer? A esto hay que responder que no es una cuestión de historia (moderna o no) ni de geografía (España negra o no). Yo no he sufrido nunca, personalmente, con el espectáculo del pez atrapado en el anzuelo del inocente pescador de río -es una cuestión de sensibilidad-. Ésta permite a algunos ver al toro como víctima, la mía sólo ve en él un animal combatiente. Autoriza a algunos a pensar que el torero martiriza una bestia, yo veo en él un héroe contemporáneo que tiene la audacia de desafiar y enfrentarse a una fiera jugándose la vida -sin más, por la belleza del gesto, por pura libertad, para afirmar su propio desapego en relación con las vicisitudes de la existencia y su victoria sobre lo imprevisible-. ¡Es cierto que el toro no quiere combatir, pero no por porque sea contrario a su naturaleza el combatir sino porque es contrario a su naturaleza el querer! Esto es al menos lo que mi sensibilidad me dicta, comparable en eso a la de cientos de miles de otros hombres en todo el mundo, y no la creo menos movilizada ni sublevada que ninguna otra ante el sufrimiento de los hombres - o incluso de los animales - ni menos consciente de lo que hace falta de poder creador para volver a dar hoy un sentido, en arte, a esa palabra mancillada que es la belleza.

Francis Wolff
Catedrático de filosofía de la Universidad de París.
Auteur de "Filosofia de las corridas de toros", ed. Bellaterra, Barcelona, 2008

Traduction de Francis Wollff pour
"Terres Taurines" du 30 08 08

L'art de mettre sa vie en jeu

On entend parfois les écrivains, les universitaires, les penseurs espagnols, évoquer leur enfance vaguement bercée de souvenirs taurins et exprimer leur rejet, parfois violent, de la fiesta de los toros. Ils ne comprennent pas comment elle peut aujourd’hui (encore et toujours) toucher, bouleverser, exalter les foules qui ne sont à leurs yeux qu’une masse de réactionnaires incultes encouragée par quelques intellectuels snobs. Dans cette révolte antitaurine, parfois seulement intime, parfois bruyamment militante, on retrouve souvent, amalgamés à la mémoire de leur propre histoire familiale, quelques lieux communs datés des années 60 (corrida = tourisme, exotisme d’espagnolade, misérabilisme du torero va-nu-pieds) ou plus anciens encore (corrida = Espagne noire, face honteuse du passé). Oui, je sais : chez beaucoup d’Espagnols aujourd’hui, la « corrida » déclenche spontanément ce même sentiment trouble, entre nostalgie et mauvaise conscience, d’avoir affaire à une survivance incongrue mais en passe d’être définitivement caduque grâce à l’ascension sociale, l’éducation du peuple, l’évolution des moeurs, le sain développement des sensibilités, l’Europe, la démocratie, etc. Oui, je sais : pour beaucoup de jeunes espagnols, le mot « tauromachie » évoque ces affiches d’un autre âge, un rituel désuet, une sorte de jeu archaïque ou encore un spectacle cruel dont on doit farouchement se défendre lorsque, à la faveur d’un programme Erasmus, on s’aperçoit que, aux yeux du monde, il demeure associé au nom de l’Espagne, c’est-à-dire à une des nations les plus avancées d’Europe dont on a par ailleurs tout lieu d’être fier. A tous ces Espagnols, jeunes ou moins jeunes, je voudrais dire ceci : non, la corrida n’est plus la fiesta nacional de l’Espagne. Elle a en cela un peu perdu et beaucoup gagné. Elle est devenue partie intégrante de la culture de l’Europe méridionale et même du patrimoine mondial. Imaginez-vous qu’il y a quelques semaines (le 2 juin, exactement), dans un théâtre du centre de Paris archi-comble, des centaines de personnes, dont la majorité n’avaient jamais mis les pieds en Espagne et ignoraient tout de la « fama negra » de la corrida, avaient payé cher leur place pour le seul plaisir de rendre hommage à la carrière héroïque d’un torero… colombien (César Rincón). Oui, bien sûr, pour tous ces touristes qui visitent l’Espagne au pas de course, entre la tour de Pise et Big Ben, et qui pensent que la France c’est Pigalle, la corrida c’est l’« exotisme » espagnol à bon marché, le torero c’est une sorte de « Manolete- El-Cordobès-au-bras-de-sa-danseuse-à-
castagnette », ou (pour les plus cultivés, hélas) c’est l’image odieuse et fatiguée du maletilla famélique qui, para salir de su condición miserable, no tiene otro medio que tentar el diablo y arrojarse entre sus cuernos con la esperanza de hacerse rico. Ils ignorent évidemment, comme beaucoup d’Espagnols peut-être, qu’un des plus grands toreros de l’histoire est bien vivant et ne doit nullement son courage hors du commun à cette légende déprimante, ou qu’un des meilleurs toreros des années 2000 est français, ou qu’il était presque impossible d’obtenir des places (pourtant aussi chères que l’opéra) pour les dix corridas de la récente féria de Nîmes (95 980 spectateurs).

Un peu de pudeur et beaucoup de scrupules m’interdisent d’évoquer mon enfance qui est aux antipodes de celle de ces intellectuels espagnols anti-taurins. Qu’il me suffise de dire que cette enfance, en banlieue parisienne, entre deux parents juifs allemands ayant échappé par miracle aux camps de la mort, ne me préparait nullement à recevoir le choc que fut la découverte accidentelle de la corrida, à l’âge de 18 ans, au hasard d’une errance estudiantine en Provence. Pour beaucoup d’Espagnols de ma génération, la corrida est familière, elle faisait partie de la vie quotidienne dans l’enfance, on la vivait dans l’indifférence, l’acceptation ou le refus d’une « culture » vaguement patrimoniale, qui est comme une seconde nature et qu’il faut parfois rejeter pour pouvoir exister par soi-même. Pour moi, la corrida est une amie que j’ai choisie, aussi proche que la musique et sans laquelle je pourrais difficilement vivre. Je dis que je l’ai choisie, mais j’ai plutôt l’impression qu’elle m’a choisie ; la rencontre fut fortuite mais, comme dit Flaubert du premier rendez-vous amoureux : « ce fut comme une révélation ». Non la corrida n’est plus la fiesta nacional. Elle a perdu un peu de ses particularités (quelques fêtes votives, des capeas sauvages, un public captif, tout un peuple mobilisé derrière un torero mort), elle a gagné beaucoup en universalité géographique et surtout culturelle. Désormais ceux qui toréent et ceux qui vont aux toros l’ont choisi, et s’ils ne savent pas toujours bien, ni les uns ni les autres, ce qu’ils vont y chercher (sait-on bien ce qu’est l’amour ?), ils savent qu’on va aujourd’hui aux arènes plutôt que d’aller au stade, au concert, ou au théâtre.

Sans doute, la corrida n’est pas moderne, mais ce n’est pas parce qu’elle ne serait pas de notre temps, c’est au contraire parce que notre temps n’est plus à la « modernité ». La « modernité » au sens strict s’est achevée vers la fin des années 80 du siècle dernier, avec l’écroulement des « idéologies », la fin du rêve dans le progrès et l’épuisement des discours dogmatiques des avant-gardes artistiques (formellement révolutionnaires, politiquement rédemptrices). Ce que certains ont pu appeler la « post-modernité », d’autres le « contemporain », s’oppose trait pour trait à la modernité. Il est possible que la corrida ne soit pas ni n’ait jamais été « moderne », il est sûr qu’elle s’accommode fort bien du « contemporain ». Le moderne est lié au progrès, à la « vitesse », à l’industrialisation systématique (y compris de l’élevage), le contemporain et la corrida sont liés à la biodiversité, à l’élevage extensif, aux équilibres écosystémiques. La modernité ne voyait de salut que par la communauté et la société, dans le « tout est politique », le contemporain et la corrida renouent avec les valeurs du héros solitaire (pensons au culte contemporain des exploits singuliers et des « aventuriers » en tout genre), avec une éthique des vertus individuelles, le courage, la loyauté, le don gratuit. La modernité voulait cacher la mort (simple « non-vie » comme on dit « non-voyant »), la réduire au silence dans la froideur vide des mouroirs ou la mécanique fonctionnelle des abattoirs, le contemporain et la corrida reconnaissent que la cérémonie de la mort peut contribuer à donner du sens à la vie en la montrant conquise à chaque instant sur la possibilité même de sa négation. C’était, disait-on, la fin des rites, dans lesquels on ne voyait que préjugés arbitraires et irrationnels, mais le contemporain et la corrida redécouvrent les vertus d’un rituel, qui ne passe plus nécessairement par la chapelle. Le moderne déclarait la fin de la figuration en peinture, du récit en littérature, du drame en cinéma, le contemporain invente une nouvelle figuration, le cinéma d’Almodovar, génie de la post-modernité, réinvente la linéarité du récit et les structures complexes du mélodrame, comme la corrida qui mêle la fête et le tragique, les couleurs criardes et l’émotion la plus pure. L’art moderne glorifiait l’avant-garde sociale et déclarait la fin de la « représentation », le post-moderne mêle le populaire et l’érudit, comme la corrida — le plus savant des arts populaires—, il mélange la transfiguration du réel et sa présentation brute (le happening, le body-art, le ready-made, l’installation, l’intervention, l’artiste lui-même), comme la corrida, mixte de représentation classique de la beauté et de présentation brute du corps, de la blessure, de la mort, comme le torero, artiste contemporain, qui fait de sa geste une oeuvre en stylisant son existence. La post-modernité, loin d’opposer l’homme et l’animal comme aux temps modernes, pressent qu’il n’y a pas d’humanité sans une part d’animalité, sans un autre à quoi — à qui — se mesurer, comme si l’homme, aujourd’hui plus encore qu’hier, ne pouvait prouver son humanité qu’à condition de savoir vaincre, en lui et hors de lui, l’animalité sous sa forme la plus haute, la plus belle, la plus puissante, par exemple celle du taureau sauvage : la vaincre, c’est-à-dire la repousser ou l’apprivoiser, mais surtout lui opposer la force de la ruse, la gratuité du jeu, la légèreté du divertissement, la gravité du don de soi, la puissance de la volonté, le pouvoir de l’art, la conscience de la mort — en somme tout ce qui fait l’humanité de l’homme.

On dira peut-être : mais le spectacle de la souffrance de l’animal, n’est-ce pas ce que l’évolution des moeurs ne saurait tolérer, aujourd’hui moins qu’hier ? A cela il faut répondre que ce n’est pas une question d’histoire (moderne ou pas) ni de géographie (Espagne noire ou pas). Je n’ai personnellement jamais souffert le spectacle du poisson pris à l’hameçon de l’innocent pêcheur à la ligne — c’est une question de sensibilité. Elle permet à certains de voir le taureau en victime, la mienne ne voit en lui qu’un animal combattant. Elle autorise certains à penser que le torero martyrise une bête, je vois en lui celui un héros contemporain qui a l’audace de défier et d’affronter un fauve au péril de sa vie — comme ça, pour la beauté du geste, par pure liberté, pour affirmer son propre détachement par rapport aux vicissitudes de l’existence et sa victoire sur l’imprévisible. Sans doute, le taureau ne veut pas combattre, lui, mais ce n’est pas parce qu'il serait contraire à sa nature de combattre, c’est parce qu'il serait contraire à sa nature de vouloir ! C’est du moins ce que ma sensibilité me dicte, comparable en cela à celle de centaine de milliers d’autres hommes de par le monde, et je ne la crois pas moins mobilisable ou révoltée qu’aucune autre devant la souffrance des hommes — ou même des bêtes —, ni moins consciente de ce qu’il faut de puissance créatrice pour pouvoir redonner aujourd’hui un sens, en art, à ce mot galvaudé de beauté.


Francis Wolff
Professeur de philosophie
à l'Ecole normale supérieure.
Auteur de "
Philosophie de la corrida",
éditions Fayard mai 2007)